Domingo 29 de Julio de 2007

 
Risoterapia, un cambio cultural.

Un taller desopilante que ayuda a recuperar el juego y la alegría.

 

Liliana Pécora propone ver la vida con mayor optimismo y usa la risa como terapia.

Cuando Viviana llegó a la casa de Belgrano R. y le pidieron que hiciera un dibujo de ella misma, optó por una figura menuda, las manos por delante y la mirada caída. Dos horas más tarde, ante el mismo pedido, algo había cambiado: dibujó una cara grande y sonriente que casi no cabía en el papel.

En esas dos horas, Viviana participó del Taller de la Risa, un espacio que propone recuperar la capacidad del juego y la alegría mediante técnicas teatrales en las que el protagonista es el propio participante.

"La risa es la mejor técnica de autoayuda", dice como una sentencia durante la conversación con LA NACION Liliana Pécora, creadora de esta novedosa alternativa y actriz dedicada al humor desde hace más de 30 años.

Durante dos horas, los participantes se tiran al piso, bailan, actúan con guiones humorísticos, pelucas y máscaras, imitan a algunos animales y hasta se dicen piropos. La cronista no se quedó atrás cuando tuvo que imitar a un gallo.

El objetivo, que se logra con facilidad, es reír. Y si es a carcajadas, mejor.

El secreto: nadie sabe nada sobre la vida personal y profesional del que tiene al lado.

"Utilizo la misma técnica que para los chicos. No los presento de modo formal porque, a veces, la información sobre el otro predispone de manera negativa, provoca retraimiento", sostiene Pécora.

Gracias al corralito

Convencida de que la risa genera beneficios psicológicos y físicos, Pécora emprendió este proyecto en medio de una profunda depresión personal. "Fue en el momento en que se imponía el corralito en la Argentina. Me interioricé con distintos métodos y descubrí que con la risa la vida puede comenzar a dejar de ser tan dramática", recuerda la actriz.

Comenzó en invierno de 2001 cuando se vislumbraba en la Argentina la gran crisis económica y social. En ese primer momento, la convocatoria fue baja: acudían unas 10 personas por curso, generalmente profesionales en busca de alternativas para mejorar su calidad de vida. "No venían muchos porque nadie quería reírse. Sentían que no era correcto, como en los velatorios", explica Pécora.

Con el tiempo, la propuesta fue sumando curiosos, intrigados en saber en qué consistía. Llegaban solos, en grupos de amigos o en pareja.

Hoy, el taller, que abre sólo una vez al mes, recibe entre 30 y 40 personas. En su mayoría son mujeres, de más de 40 años, que buscan diversión y herramientas que les permitan vivir mejor la vida.

"Te da alegría y te vas con una actitud diferente, una mirada distinta. Jamás me tiraría al piso como hoy. Después lo hacés en tu casa y te cambia", contó, eufórica, a LA NACION Claudia Vadillo, abogada, de 45 años, que decidió acercarse al taller para despejarse del estrés laboral.

Alejandra y Ana María Papanicolas llegaron con dolores musculares. Dos horas después, las molestias habían desaparecido. "Tenía un fuerte dolor en la espalda. Ahora ya no tengo nada", jura Alejandra.

Pécora le encuentra una explicación psicológica a la atracción que genera en cierta franja de público su taller.

"Te das cuenta de la importancia del cambio interior cuando crecés. Quizá por eso se acercan a partir de esa edad", señala la actriz y moderadora del grupo.

La experiencia, sin embargo, no tiene que ver con las edades. Los más grandes también prueban. La directora del taller lo cuenta: "Viene mucha gente de 60 y 70 años, y son los que más se animan porque están más allá. La traba para algunos es el miedo al ridículo".

Contra los prejuicios

Este y otros prejuicios, como el miedo a parecer inmaduro, son los que Pécora más enfrenta y lucha por erradicar. "El humor siempre ha sido desvalorizado. La gente piensa que por estar cuidadosamente vestida y ser ceremoniosa es tomada más en serio", afirma.

Con juegos que aprendió en sus años de maestra jardinera, ejercicios divertidos que se enseñan en el mundo del teatro y situaciones de la vida cotidiana, Pécora "inventó" su propio taller de risoterapia.

Como valor agregado, los concurrentes se llevan algunos secretos para continuar con el cambio de humor y con el buen ánimo en sus casas.

Así fue para todos... Y Viviana, que había llegado chiquita en papel, se fue grande, resplandeciente.

Por Nathalie Kantt
De la Redacción de LA NACION